Revolución en el mundo árabe: Israel sólo puede esperar el peor escenario

Al constatado aislamiento que ya padecía el Estado hebreo en la región, se le viene a unir ahora la convulsión y el cambio radical en los antaño inamovibles y pétreos regímenes árabes. La revuelta tunecina, que comenzó como algo casi imperceptible para la opinión pública occidental, acabó provocando la salida de la escena política de Ben Alí y la caída de su despótico y corrupto régimen. Lo que no intuíamos es que acabaría generando una dinámica de cambio que envolvería a toda la región y que Egipto, uno de los principales aliados de Occidente en la zona, se vería sacudido en la misma y sometido a una protesta, al día de hoy, de incalculables consecuencias.

Para Israel, la posible caída de Mubarak genera incertidumbres y temores, y no es para menos. Egipto es, junto con Jordania, el único estado árabe que mantiene relaciones políticas, diplomáticas y económicas con los israelíes, aparte de que en innumerables ocasiones ha servido de puente entre las autoridades palestinas e Israel. El contexto regional para Israel es pésimo, quizá uno de los peores que ha vivido este país desde su fundación, allá por el año 1948.

Debemos tener en cuenta que en el Líbano el grupo terrorista e integrista Hizbulá se ha hecho en estos días con el poder a través de una trama maquiavélica que recuerda más a un golpe de estado que a un cambio de timón supeditado a una lógica política democrática. Mientras que en Siria, la esfinge de Damasco, el dictador Bashar al Assad, sigue maquinando contra el Estado hebreo, en abierta coordinación con un Teherán que cada día que pasa es más atómico, y alejándose de la posibilidad de un acuerdo pacífico que le permita recuperar los Altos del Golán. Los palestinos, más divididos que nunca y con un Hamás en ascenso ante el férreo control que establece desde la Franja de Gaza y ante el constatado descrédito de la Autoridad Nacional Palestina de Mahmud Abbas. ¿Podría Israel contemplar un peor escenario?

Y ahora Egipto se viene a sumar al complicado tablero de ajedrez regional, sumando más zozobra y desazón en la clase política israelí que asiste perpleja a la caída de uno de los pocos "amigos" tradicionales, el hasta ahora superviviente político Hosni Mubarak. Pero tampoco soplan mejores aires en Jordania, donde el rey Abdalá II tendrá que realizar cambios si de veras quiere calmar a sus desesperados y depauperados súbditos, cansados de esperar años en la cola de la historia ante un cambio político que se resiste a llegar.

Si cayeran Jordania y Egipto en manos de gobiernos de carácter radical e integrista, tal como pronostican los más pesimistas, la soledad del gobierno de Israel sería total; una catástrofe de impredecibles consecuencias. Israel se quedaría completamente aislado en la región, algo que no ocurría desde el año 1979, en que se firmaron los acuerdos de paz con Egipto que permitieron a este país recuperar el Sinaí.

¿Egipto como Irán en 1979?

El problema es que la crisis egipcia se parece como una gota de agua a las convulsiones revolucionarias que llevaron a la creación del régimen despótico y despiadado de la República Islámica de Irán que, contra viento y marea 32 años después, sobrevive a merced de los paredones de fusilamientos, los ahorcamientos públicos y una represión brutal que no tiene parangón en el siglo XXI. ¿Acabará degenerando la revuelta egipcia en una trama parecida a la iraní y en el fermento para la creación de otra entidad islamista antioccidental y de carácter radical?

Por ahora, a tenor de lo que se puede percibir a través de las imágenes y noticias que nos llegan, parece que la naturaleza de la revuelta no tiene relación con el integrismo más radical. No obstante, que nadie olvide que en sus orígenes la revolución iraní era un movimiento democrático que aglutinaba desde la derecha moderada del régimen difunto hasta los comunistas, pero que fue el ayatolah Jomeini quien, con asombrosa habilidad, derrotó uno a por uno a sus antiguos aliados en la lucha contra el Shah, a muchos de los cuales mandó a la muerte, para después instalar un régimen teocrático, dictatorial, inquisitorial y de naturaleza criminal. Miles de iraníes han pagado con la vida sus discrepancias políticas en este país que merece el dudoso honor de estar entre los primeros del mundo en violaciones de los Derechos Humanos. ¿Seguirá Egipto ese rumbo?

Si el curso de estas revueltas se tuerce, algo que no debemos descartar dado lo impredecible de los procesos a los que estamos asistiendo, Israel se encontrará uno de los escenarios regionales más adversos de su historia sin haber realizado siquiera una acción diplomática destinada a provocar tal resultado. Sin haberse movido, su situación habrá cambiado radicalmente en apenas unas semanas, quizá para siempre.

Israel permanece muy atenta a todo lo que está ocurriendo en el mundo árabe en estos momentos, aunque es muy pronto todavía para especular acerca del alcance de las reformas y los cambios. Incluso aunque el próximo régimen sea democrático, hay que mantener una cierta dosis de escepticismo, toda vez que en Egipto la principal fuerza política son los Hermanos Musulmanes, cuyo principal objetivo es la instalación de la sharia y el fin de la influencia occidental en su país. También es la fuerza que cuenta con los mejores cuadros, la más organizada y goza de un gran prestigio en una sociedad deficitaria en líderes y elites.

Hamás, el grupo integrista más radical en su lucha contra Israel y que lanzó más de 10.000 misiles contra la "entidad sionista" en los últimos años, siempre ha tenido como su referente político a los Hermanos Musulmanes. Una victoria de los Hermanos Musulmanes en una supuestas elecciones libres egipcias es una contingencia no descartable y contribuiría al fortalecimiento del eje antiisraelí en la región; el aislamiento, entonces, sería total, dado lo endeble de la monarquía jordana y que el monarca, Abdalá II, siempre se ha mostrado dispuesto a sacrifirar sus relaciones con Israel en aras de consolidar sus tradicionales lazos de amistad con otros países árabes. Veremos qué pasa, las próximas semanas serán decisivas para Israel.

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Revolución en el mundo árabe: Israel sólo puede esperar el peor escenario

Al constatado aislamiento que ya padecía el Estado hebreo en la región, se le viene a unir ahora la convulsión y el cambio radical en los antaño inamovibles y pétreos regímenes árabes. La revuelta tunecina, que comenzó como algo casi imperceptible para la opinión pública occidental, acabó provocando la salida de la escena política de Ben Alí y la caída de su despótico y corrupto régimen. Lo que no intuíamos es que acabaría generando una dinámica de cambio que envolvería a toda la región y que Egipto, uno de los principales aliados de Occidente en la zona, se vería sacudido en la misma y sometido a una protesta, al día de hoy, de incalculables consecuencias.

Para Israel, la posible caída de Mubarak genera incertidumbres y temores, y no es para menos. Egipto es, junto con Jordania, el único estado árabe que mantiene relaciones políticas, diplomáticas y económicas con los israelíes, aparte de que en innumerables ocasiones ha servido de puente entre las autoridades palestinas e Israel. El contexto regional para Israel es pésimo, quizá uno de los peores que ha vivido este país desde su fundación, allá por el año 1948.

Debemos tener en cuenta que en el Líbano el grupo terrorista e integrista Hizbulá se ha hecho en estos días con el poder a través de una trama maquiavélica que recuerda más a un golpe de estado que a un cambio de timón supeditado a una lógica política democrática. Mientras que en Siria, la esfinge de Damasco, el dictador Bashar al Assad, sigue maquinando contra el Estado hebreo, en abierta coordinación con un Teherán que cada día que pasa es más atómico, y alejándose de la posibilidad de un acuerdo pacífico que le permita recuperar los Altos del Golán. Los palestinos, más divididos que nunca y con un Hamás en ascenso ante el férreo control que establece desde la Franja de Gaza y ante el constatado descrédito de la Autoridad Nacional Palestina de Mahmud Abbas. ¿Podría Israel contemplar un peor escenario?

Y ahora Egipto se viene a sumar al complicado tablero de ajedrez regional, sumando más zozobra y desazón en la clase política israelí que asiste perpleja a la caída de uno de los pocos "amigos" tradicionales, el hasta ahora superviviente político Hosni Mubarak. Pero tampoco soplan mejores aires en Jordania, donde el rey Abdalá II tendrá que realizar cambios si de veras quiere calmar a sus desesperados y depauperados súbditos, cansados de esperar años en la cola de la historia ante un cambio político que se resiste a llegar.

Si cayeran Jordania y Egipto en manos de gobiernos de carácter radical e integrista, tal como pronostican los más pesimistas, la soledad del gobierno de Israel sería total; una catástrofe de impredecibles consecuencias. Israel se quedaría completamente aislado en la región, algo que no ocurría desde el año 1979, en que se firmaron los acuerdos de paz con Egipto que permitieron a este país recuperar el Sinaí.

¿Egipto como Irán en 1979?

El problema es que la crisis egipcia se parece como una gota de agua a las convulsiones revolucionarias que llevaron a la creación del régimen despótico y despiadado de la República Islámica de Irán que, contra viento y marea 32 años después, sobrevive a merced de los paredones de fusilamientos, los ahorcamientos públicos y una represión brutal que no tiene parangón en el siglo XXI. ¿Acabará degenerando la revuelta egipcia en una trama parecida a la iraní y en el fermento para la creación de otra entidad islamista antioccidental y de carácter radical?

Por ahora, a tenor de lo que se puede percibir a través de las imágenes y noticias que nos llegan, parece que la naturaleza de la revuelta no tiene relación con el integrismo más radical. No obstante, que nadie olvide que en sus orígenes la revolución iraní era un movimiento democrático que aglutinaba desde la derecha moderada del régimen difunto hasta los comunistas, pero que fue el ayatolah Jomeini quien, con asombrosa habilidad, derrotó uno a por uno a sus antiguos aliados en la lucha contra el Shah, a muchos de los cuales mandó a la muerte, para después instalar un régimen teocrático, dictatorial, inquisitorial y de naturaleza criminal. Miles de iraníes han pagado con la vida sus discrepancias políticas en este país que merece el dudoso honor de estar entre los primeros del mundo en violaciones de los Derechos Humanos. ¿Seguirá Egipto ese rumbo?

Si el curso de estas revueltas se tuerce, algo que no debemos descartar dado lo impredecible de los procesos a los que estamos asistiendo, Israel se encontrará uno de los escenarios regionales más adversos de su historia sin haber realizado siquiera una acción diplomática destinada a provocar tal resultado. Sin haberse movido, su situación habrá cambiado radicalmente en apenas unas semanas, quizá para siempre.

Israel permanece muy atenta a todo lo que está ocurriendo en el mundo árabe en estos momentos, aunque es muy pronto todavía para especular acerca del alcance de las reformas y los cambios. Incluso aunque el próximo régimen sea democrático, hay que mantener una cierta dosis de escepticismo, toda vez que en Egipto la principal fuerza política son los Hermanos Musulmanes, cuyo principal objetivo es la instalación de la sharia y el fin de la influencia occidental en su país. También es la fuerza que cuenta con los mejores cuadros, la más organizada y goza de un gran prestigio en una sociedad deficitaria en líderes y elites.

Hamás, el grupo integrista más radical en su lucha contra Israel y que lanzó más de 10.000 misiles contra la "entidad sionista" en los últimos años, siempre ha tenido como su referente político a los Hermanos Musulmanes. Una victoria de los Hermanos Musulmanes en una supuestas elecciones libres egipcias es una contingencia no descartable y contribuiría al fortalecimiento del eje antiisraelí en la región; el aislamiento, entonces, sería total, dado lo endeble de la monarquía jordana y que el monarca, Abdalá II, siempre se ha mostrado dispuesto a sacrifirar sus relaciones con Israel en aras de consolidar sus tradicionales lazos de amistad con otros países árabes. Veremos qué pasa, las próximas semanas serán decisivas para Israel.

Al constatado aislamiento que ya padecía el Estado hebreo en la región, se le viene a unir ahora la convulsión y el cambio radical en los antaño inamovibles y pétreos regímenes árabes. La revuelta tunecina, que comenzó como algo casi imperceptible para la opinión pública occidental, acabó provocando la salida de la escena política de Ben Alí y la caída de su despótico y corrupto régimen. Lo que no intuíamos es que acabaría generando una dinámica de cambio que envolvería a toda la región y que Egipto, uno de los principales aliados de Occidente en la zona, se vería sacudido en la misma y sometido a una protesta, al día de hoy, de incalculables consecuencias.

Para Israel, la posible caída de Mubarak genera incertidumbres y temores, y no es para menos. Egipto es, junto con Jordania, el único estado árabe que mantiene relaciones políticas, diplomáticas y económicas con los israelíes, aparte de que en innumerables ocasiones ha servido de puente entre las autoridades palestinas e Israel. El contexto regional para Israel es pésimo, quizá uno de los peores que ha vivido este país desde su fundación, allá por el año 1948.

Debemos tener en cuenta que en el Líbano el grupo terrorista e integrista Hizbulá se ha hecho en estos días con el poder a través de una trama maquiavélica que recuerda más a un golpe de estado que a un cambio de timón supeditado a una lógica política democrática. Mientras que en Siria, la esfinge de Damasco, el dictador Bashar al Assad, sigue maquinando contra el Estado hebreo, en abierta coordinación con un Teherán que cada día que pasa es más atómico, y alejándose de la posibilidad de un acuerdo pacífico que le permita recuperar los Altos del Golán. Los palestinos, más divididos que nunca y con un Hamás en ascenso ante el férreo control que establece desde la Franja de Gaza y ante el constatado descrédito de la Autoridad Nacional Palestina de Mahmud Abbas. ¿Podría Israel contemplar un peor escenario?

Y ahora Egipto se viene a sumar al complicado tablero de ajedrez regional, sumando más zozobra y desazón en la clase política israelí que asiste perpleja a la caída de uno de los pocos "amigos" tradicionales, el hasta ahora superviviente político Hosni Mubarak. Pero tampoco soplan mejores aires en Jordania, donde el rey Abdalá II tendrá que realizar cambios si de veras quiere calmar a sus desesperados y depauperados súbditos, cansados de esperar años en la cola de la historia ante un cambio político que se resiste a llegar.

Si cayeran Jordania y Egipto en manos de gobiernos de carácter radical e integrista, tal como pronostican los más pesimistas, la soledad del gobierno de Israel sería total; una catástrofe de impredecibles consecuencias. Israel se quedaría completamente aislado en la región, algo que no ocurría desde el año 1979, en que se firmaron los acuerdos de paz con Egipto que permitieron a este país recuperar el Sinaí.

¿Egipto como Irán en 1979?

El problema es que la crisis egipcia se parece como una gota de agua a las convulsiones revolucionarias que llevaron a la creación del régimen despótico y despiadado de la República Islámica de Irán que, contra viento y marea 32 años después, sobrevive a merced de los paredones de fusilamientos, los ahorcamientos públicos y una represión brutal que no tiene parangón en el siglo XXI. ¿Acabará degenerando la revuelta egipcia en una trama parecida a la iraní y en el fermento para la creación de otra entidad islamista antioccidental y de carácter radical?

Por ahora, a tenor de lo que se puede percibir a través de las imágenes y noticias que nos llegan, parece que la naturaleza de la revuelta no tiene relación con el integrismo más radical. No obstante, que nadie olvide que en sus orígenes la revolución iraní era un movimiento democrático que aglutinaba desde la derecha moderada del régimen difunto hasta los comunistas, pero que fue el ayatolah Jomeini quien, con asombrosa habilidad, derrotó uno a por uno a sus antiguos aliados en la lucha contra el Shah, a muchos de los cuales mandó a la muerte, para después instalar un régimen teocrático, dictatorial, inquisitorial y de naturaleza criminal. Miles de iraníes han pagado con la vida sus discrepancias políticas en este país que merece el dudoso honor de estar entre los primeros del mundo en violaciones de los Derechos Humanos. ¿Seguirá Egipto ese rumbo?

Si el curso de estas revueltas se tuerce, algo que no debemos descartar dado lo impredecible de los procesos a los que estamos asistiendo, Israel se encontrará uno de los escenarios regionales más adversos de su historia sin haber realizado siquiera una acción diplomática destinada a provocar tal resultado. Sin haberse movido, su situación habrá cambiado radicalmente en apenas unas semanas, quizá para siempre.

Israel permanece muy atenta a todo lo que está ocurriendo en el mundo árabe en estos momentos, aunque es muy pronto todavía para especular acerca del alcance de las reformas y los cambios. Incluso aunque el próximo régimen sea democrático, hay que mantener una cierta dosis de escepticismo, toda vez que en Egipto la principal fuerza política son los Hermanos Musulmanes, cuyo principal objetivo es la instalación de la sharia y el fin de la influencia occidental en su país. También es la fuerza que cuenta con los mejores cuadros, la más organizada y goza de un gran prestigio en una sociedad deficitaria en líderes y elites.

Hamás, el grupo integrista más radical en su lucha contra Israel y que lanzó más de 10.000 misiles contra la "entidad sionista" en los últimos años, siempre ha tenido como su referente político a los Hermanos Musulmanes. Una victoria de los Hermanos Musulmanes en una supuestas elecciones libres egipcias es una contingencia no descartable y contribuiría al fortalecimiento del eje antiisraelí en la región; el aislamiento, entonces, sería total, dado lo endeble de la monarquía jordana y que el monarca, Abdalá II, siempre se ha mostrado dispuesto a sacrifirar sus relaciones con Israel en aras de consolidar sus tradicionales lazos de amistad con otros países árabes. Veremos qué pasa, las próximas semanas serán decisivas para Israel.

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